EL RIESGO INVISIBLE DE LA EXPLOTACIÓN MINERA HOY (*)

En: Diario Los Andes. Dominical. 23 de mayo del 2010. Año 82 – Nº 23556. Pág. 14.
http://losandes.com.pe/Economia/20100523/36354.html

 

La actividad minera, dentro de los procesos económicos, es primaria; es decir, extractora de materias primas, recursos que por otro lado, se ubican en la categoría de no renovables, lo que en buen romance significa que uno, no se reproducen o no se regeneran y dos, se acaban.

Actualmente, hay un mercado creciente por estos recursos y su valor monetario sube todos los días gracias a la crisis financiera por un lado, y al desarrollo tecnológico por otro.

De allí, que para los políticos cortoplacistas que gobiernan el país, sea la base de sus expectativas y de los indicadores económicos de éxito que pueden exhibir. ¿Cuál es la lógica detrás?

El Perú está demarcado sobre un territorio que es polimetálico y con legislación laxa respecto a la explotación minera, lo cual la hace atractiva a la inversión extranjera. Además, la inversión que requiere este tipo de actividad, es la gran inversión, que sólo puede ser hecha por grandes corporaciones multinacionales que se mueve también en mercados bursátiles.

Una inversión en minería inyecta cantidad significativa de capitales frescos, que dinamizaría la economía del país, daría empleo y, como dice la sociedad de minería en la propaganda que realiza en los medios de comunicación masiva, genera fuentes de trabajo en actividades colaterales de servicio.

Con los ingresos que el Estado obtendría de la minería, en la lógica del modelo, se podrá neutralizar, o compensar, sus efectos directos: pérdida de áreas dedicadas a la sobrevivencia de la población afectada, ya sean áreas ganaderas o de cultivo, mediante la importación de alimentos; y, atención, con servicios básicos, a refugiados de la minería; es decir, la población que tiene que salir del territorio que ocupa. En buena cuenta, en esa lógica, sólo modernización, calidad de vida, desarrollo, se puede esperar. Además, con las propuestas de “minería responsable” se minimizarían los riesgos medioambientales para la gente, tanto la que se dedica a la actividad minera como la de lugares aledaños.

Sabemos que la realidad es otra, que la lógica antes planteada es de gabinete y está sustentada en un modelo económico contrario a la vida. Sabemos que los territorios ocupados por explotaciones mineras, son andinos, de altas cumbres, espacios para los que el “hombre andino” ha sido guardián y cómplice, con una supervivencia de antigua data, 10.000 años por lo menos. La actividad minera, en consecuencia, no sólo pone en riesgo vida física, biodiversidad, sino también  ¡CULTURA VIVA!

Si hay vida en esos espacios, para algunos agrestes, inhóspitos, in-vivibles, es porque hay gente que desarrolló una cultura que lo ha permitido: estilo de vida, usos y costumbres, creencias, conocimientos, tecnologías, en fin, un sentido de bien, belleza y orden, que se ha gestado en esos ecosistemas.

Los más modernos, desde la cultura dominante, la del sistema, con una mentalidad colonial aún, piensan que efectivamente, la minería va a sacar a esa pobre gente de su forma de vida de la que piensan es atrasada, medio salvaje, los va a modernizar, los va a conducir “hacia el desarrollo”. Los más concientes y “buena gente” piensan que los ecosistemas están en peligro y que hay que idear estrategias para cómo mejorar las condiciones de la gente que habita estos espacios, tal vez comprometiendo a la minería para que colabore con el Estado en cumplir con su responsabilidad de compensarlos por los servicios ambientales que prestan. Los más pocos, piensan que buena parte de los afectados por la minería integran un pueblo que tiene derecho a desarrollar su propia cultura, sobre territorios que son parte de ella; que sobrevivió y se auto-sostiene con el soporte de su cultura; excluidos e in-visibilizados, cultura y pueblo, por el Estado y el resto de la sociedad. Que no se trata de que se queden como están sino que se los incorpore y atienda social, política y culturalmente con su diferencia y diversidad.

Eso es en el presente y a corto plazo. Tratemos de imaginar un escenario de aquí a 50 años poco más o menos, cuando el mineral haya sido extraído o ya no sea rentable su extracción. Se quedará el espacio sin empresas mineras, pero también sin gente. Tratemos de imaginar el paisaje. Jamás volverá a ser como fue, por más que nuestras leyes expresen que las empresas que se retiren deben dejar el territorio como estaba o lo más próximo a eso. Será un paisaje, vacío, desierto, seco, sin vida de ninguna clase. La minería actual gasta o contamina el agua, principal fuente de vida, no la cuida ni la cosecha como lo hace la población que vive sobre esos territorios.

Los optimistas podrán imaginar que se puede llevar a cabo programas de retorno, re-poblamiento de estas áreas devastadas. Después de 50 años fuera ¿quién querría volver?, muy pocos recordarían su terruño habiendo crecido en otros lugares y de seguro, habrán adoptado los modos de vida en los espacios que le han servido de refugio. Se habrá ido consumando el “asesinato de una cultura” sin que probablemente haya significado desarrollo, pues las inequidades son generadas por el modelo del sistema global. Aún si por obligación o necesidad, volvieran algunos, tendrían que aprender de nuevo, con instrumentos y tecnologías que nunca dieron resultado, porque habrán olvidado y perdido la cultura y el conocimiento que les permitía vida en esos ecosistemas que encima, habrán sufrido el impacto del cambio climático generado principalmente por las economías a las que pertenecen las empresas mineras en cuestión.

En conclusión, la desaparición de una cultura, la pérdida del conocimiento para vivir y convivir en esas geografías necesarias para la vida, porque son los lugares naturales de cosecha y reserva de agua, es el riesgo más letal de la minería y el que, a veces pienso que perversamente, se ignora hoy.
(*) Ana María Pino Jordán
promotora@casadelcorregidor.pe
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