{"id":227,"date":"2011-11-25T18:35:40","date_gmt":"2011-11-25T18:35:40","guid":{"rendered":"http:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/?p=227"},"modified":"2011-11-27T15:10:10","modified_gmt":"2011-11-27T15:10:10","slug":"octavio-la-noche","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/2011\/11\/25\/octavio-la-noche\/","title":{"rendered":"OCTAVIO, LA NOCHE"},"content":{"rendered":"<p align=\"right\"><strong><em>\u201cCallaste para aullar eterno aullido\u201d<\/em><\/strong><br \/>\n<strong>C.R<\/strong><\/p>\n<p align=\"right\"><strong><em>\u00abPara el resto de la tierra<br \/>\nun perro muerto es basura\u00bb<br \/>\nS.R.<\/em><\/strong><!--more--><\/p>\n<p><strong><em>Para Carol<\/em><\/strong><\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">Un perro es sencillamente un perro, menos para Emilia que se abraza a los quejidos de <em>Octavio<\/em> con una l\u00e1stima contenida. Un abrazo cerrado como el de una peque\u00f1a madre que quiere evitar en su cr\u00eda, in\u00fatilmente, ese largo quejido que se extiende desde hace dos noches, y que esta ma\u00f1ana se parece tanto a la luz marchitada que se descuelga de las ventanas de la casa de la m\u00e9dico veterinario. Algo nos dice esa luz, algo nos dice ese diminuto tr\u00e9bol de sangre que se dibuja en una rendida y delgada pata delantera: tres puntos de una aguja que parece la misma desde la primera noche que trajimos a <em>Octavio<\/em>, y donde la m\u00e9dico veterinario vuelve a intentar (ya lo hizo m\u00e1s de tres veces) encontrar en alguna pata (la piel contra los huesos, la aguja explorando in\u00fatilmente) la delicada sombra azul de una vena. Un punto, s\u00f3lo ese punto definitivo que imagino como una descarga delgad\u00edsima buscando un centro \u00bfEl coraz\u00f3n de Octavio?, un punto escurridizo que s\u00f3lo provoca en<em> Octavio <\/em>que sus quejidos se alarguen y afilen hacia un espacio incomprensible de dolor. Esa zona ciega que apenas intuimos, y que deja lentamente los nudos de una respiraci\u00f3n que parece buscar y provocar un ladrido definitivo que atraviese y quiebre la ma\u00f1ana, deseando (in\u00fatilmente tambi\u00e9n) que todo vuelva a llenarse de vida en la tremenda frialdad de la mesa quir\u00fargica (espejo que duplica el vac\u00edo, la garganta enredada) donde acomodamos a <em>Octavio<\/em> como un \u00faltimo y fatigado charco dorado de luz.<\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">No recuerdo cuando llegu\u00e9 al grupo, si realmente marqu\u00e9 una pertenencia, o llegu\u00e9 un d\u00eda de esos en que andaba sin br\u00fajula y me qued\u00e9 entre los muchachos y las muchachas recogiendo perros atropellados, perros abandonados y enfermos en alguna esquina, o extraviados en la incertidumbre de los d\u00edas de fr\u00edo y lluvia. Es como si me desdoblara cuando me veo llevando cachorros a la calle principal con un letrero de adopciones y su impecable orfandad, o busc\u00e1ndoles refugio en las casas de los amigos donde pudieran acogerlos por unos d\u00edas. No lo recuerdo realmente, s\u00f3lo s\u00e9 que una ma\u00f1ana en la peque\u00f1a azotea de mi refugio en la parte alta de la ciudad (ocurre que a veces no hay nadie para hacer el favor de quedarse con alguno por unas horas) ya ten\u00eda cuidando uno, muy enfermo y con la pata quebrada. Y aunque apenas estuvo algunas horas conmigo, y me dej\u00f3 en su paso por mi refugio el rastro intenso de sus orines de adolescente vagabundo, siempre he considerado ese momento como mi ingreso al grupo. Un ingreso sin palabras, sin expectativas, y m\u00e1s bien con una incondicionalidad que se parece a los vigorosos colores del inmenso vitral de mi ventana que por las ma\u00f1anas, me sorprenden revisando fotograf\u00edas y fichas de animales desaparecidos de un lago de bah\u00edas graves y contaminadas, y haciendo anotaciones para escribir un libro que repta en su demora; o mejor a\u00fan, al cielo abierto y limpio de la madrugada que me acompa\u00f1a cuando troto hacia la canchita de fulbito. Un trote (pedazos de un lago intenso y enfermo aparecen entre las casas de ladrillo sin tarrajear) que me hace descubrir perros por todas partes, de todas las razas y todos los colores, habitando la misma ciudad que habito como una suerte de visitante siempre a punto de partir.<\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">Hay algo de solitario en esto de elaborar un libro sobre las especies en extinci\u00f3n de un lago moribundo en el sur. Sobretodo si los d\u00edas transcurren frente al ordenador, y el perro que ahora acojo (un cachorro enfermo, muy enfermo y recogido de un terreno bald\u00edo de una ciudad a cuarenticinco kil\u00f3metros m\u00e1s al norte) no ladra ni come. Se queda quieto en el rinc\u00f3n que le he acomodado debajo del lavadero, y s\u00f3lo algunas veces me deja su mirada interior. \u00bfQu\u00e9 mira un perro enfermo? La segunda noche que se qued\u00f3 conmigo, comenz\u00f3 a quejarse con un lamento interminable que me dej\u00f3 con un insomnio denso y sordo, pensando en aves inexistentes que revoloteaban en un lago extinto, o que abr\u00edan un cielo esf\u00e9rico manchado de nubes gordas y roj\u00edsimas. Emilia me llama entonces y me pregunta: <em>\u00ab\u00bfC\u00f3mo est\u00e1 el perrito?\u00bb<\/em>, y yo le respondo desde una madrugada deshojada y envejecida, una madrugada que no ha terminado de desprenderse de la noche: <em>\u00abMal, muy mal\u00bb<\/em>. Los dos sabemos de alg\u00fan modo, que todo se va deslizando hacia  algo inexorable con<em> Octavio. <\/em>\u00bfPorqu\u00e9 el nombre<em> Octavio<\/em>?. Sin duda por mi amiga Octavia que escribi\u00f3 un ensayo sobre la irremediable desaparici\u00f3n de este lago del sur y sus especies, y que yo admir\u00e9 mucho con una pena futura. Y adem\u00e1s, claro est\u00e1,  como un p\u00e1lido homenaje a los a\u00f1os compartidos, a los viajes intensos imaginando especies de animales y paisajes que ya no existir\u00e1n, siempre con un divertido y risue\u00f1o pesimismo. Espacios espl\u00e9ndidos donde la libertad era ese aire di\u00e1fano y pulmonar como si fuera la respiraci\u00f3n del planeta, y donde levant\u00e1bamos una carpa peregrina de campamento con su puerta triangular siempre abierta a la naturaleza viva: la suya y la m\u00eda, la de todos. En los ojos de <em>Octavio<\/em> (que se iba apagando de a pocos), v\u00ed muchas veces la mirada de aquella amiga extraviada en una selva sin retorno: su hermoso y definitivo destino verde.<\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">Entonces<em> Octavio<\/em>, y ese quejido como una aguja que zurce una interminable cicatriz que atraviesa la noche. La misma noche circular que en casa de Emilia, en su cuarto artesanal con paredes de colores terrestres y nombres marinos (en la luz despierta donde tambi\u00e9n reposaba su insomnio) <em>Octavio <\/em>no respond\u00eda al poderoso tratamiento de la m\u00e9dico veterinario. \u00bfEra necesario saber los nombres de esos medicamentos? \u00bfEra necesario saber qu\u00e9 era el \u00e9mbolo? \u00bfEra necesario volver a escuchar ese nombre probable y definitivo que nos dec\u00eda la m\u00e9dico veterinario? Dos, tres d\u00edas, entre jeringas de espigadas agujas que garabatean el d\u00eda o la noche, algodones sucios como diminutas nubes derribadas en el suelo, y ese olor, el inasible olor de lo que est\u00e1 por terminarse: en el pelo, en las manos, en los botones, en el cierre de la casaca que descorremos como si quisi\u00e9ramos abrirnos el pecho, y dejar que por un momento, s\u00f3lo por un momento, <em>Octavio<\/em> dejara de quejarse, y luego ladrara despedazando la noche. Sin embargo, s\u00f3lo ese silencio empozado y el insomnio, el grosor del tiempo suspendido y los ojos de<em> Octavio <\/em>mirando desde una distancia irremediable, desde una lejan\u00eda que no alcanzamos a descubrir, y que deja a Emilia mirando la nada en el piso de vinilo, en los objetos del cuarto que han perdido su presencia y su utilidad. Si, no es necesario ya saber nada a estas alturas, y s\u00f3lo importa que la ma\u00f1ana (la derribada ma\u00f1ana antes de abrirse) arrastre sus pasos hasta el ba\u00f1o, se cepille los dientes, se mire su ausencia en el abismo del espejo, y termine de bajar las escaleras, se detenga en el patio donde resuena el profundo vac\u00edo de la casa, y termine de instalarse en el asiento trasero de un taxi, para ir a buscar por \u00faltima vez a la m\u00e9dico veterinario.<\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">Tengo una peque\u00f1a pala de campamento en la mochila. La ciudad y las calles tienen un aire de concentrada levedad cuando salimos de la casa de la m\u00e9dico veterinario.\u00bfEn qu\u00e9 puntos de la ciudad han enterrado a qui\u00e9nes no han podido resistir? A trav\u00e9s de los lentes oscuros (una absurda proyecci\u00f3n de la noche) tengo la sensaci\u00f3n de tener los ojos inmensamente cansados y flotando en l\u00edquido. Emilia me abraza y antes de cerrar los ojos, descubro en sus lentes oscuros un diminuto sol, una chispa de luz. Me aferro a esa luz, a esa peque\u00f1\u00edsima luz y la abrazo. Siento su fragilidad, y empiezo a escuchar \u00bfo me parece que las escucho? cada una de las palabras que me va diciendo su profundo abrazo, el largo discurso que empieza a contarme, en silencio y sin que se detenga ese agitarse del pecho. Palabras ingr\u00e1vidas que hablan de los largos d\u00edas en esta aventura \u00bfrealmente una aventura? de buscarlos, de recogerlos, de buscarles una casa. Palabras que se instalan en la ventanilla de la combi que nos lleva al extremo de la ciudad, que se abrazan al paisaje de lago, cielo y nubes. Palabras que me cuentan del d\u00eda que encontraron a <em>Octavio<\/em>, temblando: sombra de su sombra en aquel terreno bald\u00edo donde el sol ara\u00f1aba salvajemente la tierra, y aparec\u00edan ellos (\u00bfEs necesario decir que eran m\u00e1s de treinta, entre enfermos y mutilados, entre pre\u00f1adas y cachorros de ojos cerrados?) arrimados contra los muros de piedras sobrepuestas, eternizados en la desordenada y monumental basura de la intemperie, o como topos, debajo de la tierra para esconderse de ese otro sol que ca\u00eda a cuchillazos a las once de la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p style=\"text-indent:20px\">La l\u00ednea luminosa de un lago traza la bah\u00eda contaminada: una isla al fondo, el viejo astillero, un barco y un vag\u00f3n abandonados, y las dragas oxidadas con sus brazos de insecto inmenso sumergidos en la tarde. Encontramos un lugar de tierra blanda al borde de la l\u00ednea del tren que ya no conduce a ninguna parte, y all\u00ed introduzco la peque\u00f1a pala, una y otra vez. En la fatiga, en el descanso, mientras Emilia recoge piedras para dejar se\u00f1alado el lugar, me pregunto c\u00f3mo ser\u00e1 este paisaje en mil a\u00f1os. \u00bfAlg\u00fan hueso de <em>Octavio<\/em> quedar\u00e1 en la superficie de un paisaje inmensamente abierto a la desolaci\u00f3n? \u00bfEste sol hu\u00e9rfano se dejar\u00e1 caer con el mismo desgano ahogado de esta tarde? Cuando volvemos para enterrar el cuerpo de <em>Octavio<\/em>: delgada sensaci\u00f3n de huesos breves bajo la manta, un grupo de personas del lugar (los ojos afilados y rostros apedreados que parecen viej\u00edsimos) nos rodea, nos obliga entre insultos a llevarnos el cuerpo de <em>Octavio<\/em> a otra parte. No hay manera de explicar absolutamente nada, y decidimos volver a la ciudad por la l\u00ednea contraria del tren. La ciudad abigarrada, improvisada, trepando los cerros. Un nuevo silencio en este retorno, un silencio de horizontes, y casi sin darnos cuenta (sin que yo me de cuenta), entrando al barrio de los Cipreses, la callecita de pavimento quebrado, los techos escamados de tejas de un solo piso: la casa de Emilia. Entonces comprendo, y mientras Emilia me dice que han tra\u00eddo dos cachorros que debo llevarme esa misma noche a mi refugio, elijo en el jard\u00edn el costado de los geranios encendidos, y al pie de una ventana que mira un cipr\u00e9s de ramas como abrazos abiertos, introduzco sin prisa la peque\u00f1a pala de campamento, una y otra vez.<\/p>\n<p><strong>Ciudad del lago, noviembre 2011<\/strong><\/p>\n<p>En: <em>Los Andes<\/em>. Domingo 20 de Noviembre del 2011. A\u00f1o 83 &#8211; N\u00ba 24092. P\u00e1g.19.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u201cCallaste para aullar eterno aullido\u201d C.R \u00abPara el resto de la tierra un perro muerto es basura\u00bb S.R.<\/p>\n","protected":false},"author":18,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[23,25],"tags":[],"class_list":["post-227","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-creacion-literaria","category-elard-serruto"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/227","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/18"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=227"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/227\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":232,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/227\/revisions\/232"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=227"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=227"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=227"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}