{"id":235,"date":"2011-12-01T17:36:17","date_gmt":"2011-12-01T17:36:17","guid":{"rendered":"http:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/?p=235"},"modified":"2011-12-01T17:36:17","modified_gmt":"2011-12-01T17:36:17","slug":"el-color-de-las-piedras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/2011\/12\/01\/el-color-de-las-piedras\/","title":{"rendered":"EL COLOR DE LAS PIEDRAS"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La primera vez que estuve donde Br&iacute;gida no tom&eacute; mayor importancia a las piedras que descubr&iacute; en los estantes de su habitaci&oacute;n. Mientras ella preparaba un caf&eacute; en la cocina, me limit&eacute; a hojear algunos libros que me interesaban y pasamos la tarde corrigiendo el art&iacute;culo que pens&aacute;bamos publicar en una revista nacional. <!--more-->Examinamos los argumentos minuciosamente, sustituimos algunas ideas ampulosas y dejamos transcurrir las horas pulsando las teclas de la computadora. S&oacute;lo cuando ya nos desped&iacute;amos por la noche cog&iacute; una de las piedras y contempl&eacute; su vaga forma lunar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Volv&iacute; a reunirme con ella en su departamento tres semanas despu&eacute;s para compartir nuestras impresiones respecto de la publicaci&oacute;n que ya se exhib&iacute;a en la librer&iacute;a universitaria. La revista ofrec&iacute;a una diagramaci&oacute;n bastante atrayente, nuestro art&iacute;culo ocupaba las  p&aacute;ginas intermedias y los autores est&aacute;bamos magn&iacute;ficamente presentados. Celebramos nuestra conformidad con unas copas de vino, conversamos sobre la necesidad de continuar con el trabajo conjunto y decidimos apartarnos definitivamente de los conflictos pol&iacute;ticos que envolv&iacute;an a la universidad durante las &uacute;ltimas semanas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; Es una pelea tonta &ndash;&nbsp; sentenci&oacute; ella antes de salir a la cocina.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Decid&iacute; aprovechar el momento para revisar otros libros del estante. Pero no continu&eacute; con mi empresa. Mi curiosidad me llev&oacute; inmediatamente a las piedras que estaban guardadas en cajitas de madera y distribuidas en distintas divisiones. Las  observ&eacute; m&aacute;s detenidamente para saber qu&eacute; rasgo ic&oacute;nico le hab&iacute;a motivado a mi colega a realizar aquella colecci&oacute;n l&iacute;tica. Pero no encontr&eacute; ninguna. Cada piedra pose&iacute;a un tama&ntilde;o, una forma y un color propio. Tampoco encontr&eacute; un criterio que permitiera ubicarlas necesariamente en una u otra cajita.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego escuch&eacute; pasos en el patio y me sent&eacute; a la mesa. Br&iacute;gida sosten&iacute;a una charola llena de panecillos con queso, chicharrones de pollo y papas fritas. La deposit&oacute; sobre la mesa, me ofreci&oacute; un tenedor para que picara con &eacute;l los bocaditos y empezamos a comer en silencio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me hubiera gustado preguntarle por qu&eacute; coleccionaba esas piedras. Pero no me atrev&iacute;. Aunque el intercambio de nuestros pareceres era constante, ella se comportaba de una manera introvertida, evitaba los comentarios personales y dedicaba todo su tiempo a las actividades acad&eacute;micas que a veces resultaban mani&aacute;ticas. Y me olvid&eacute; de las piedras para no estropear nuestro trabajo conjunto que ya estaba dando sus  primeros frutos.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me gustaba trabajar con ella porque me induc&iacute;a a dedicarme muy seriamente a la investigaci&oacute;n. Desde que le&iacute; sus primeros art&iacute;culos en una revista universitaria consider&eacute; que era una mujer inteligente, profunda en sus observaciones y precisa en sus argumentos que otros colegan no se atrev&iacute;an a refutarlos sin caer en rid&iacute;culo. Por eso, cuando me propuso que trabaj&aacute;ramos juntos, no dud&eacute; en aceptarle ni un segundo. Le ofrec&iacute; toda mi biblioteca personal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No fue una propuesta espont&aacute;nea. Me plante&oacute; en t&eacute;rminos muy formales y esto, aunque me intimid&oacute; al inicio, me pareci&oacute; sumamente positivo, porque con otras las cosas casi siempre terminaban en la cama. Nada de eso ocurri&oacute; con ella. Desde el primer momento distribuimos las tareas seg&uacute;n el cronograma acordado previamente, empezamos a realizar las encuestas con mayor seriedad y encontramos en el camino tantas fuentes inesperadas. Ella era bastante clara en sus decisiones, no permit&iacute;a ninguna  desidia mientras no culminara el trabajo y me acostumbr&eacute; poco a poco a su ritmo acad&eacute;mico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Publicamos varios art&iacute;culos (algunos de ellos se incluyeron en compilaciones importantes) y proseguimos con nuestro trabajo sin impedimentos. Sin embargo, una tarde que revis&aacute;bamos otro proyecto, se sinti&oacute; ligeramente nerviosa y sali&oacute; a la farmacia bastante presurosa. No me explic&oacute; qu&eacute; mal le aquejaba, ni me permiti&oacute; que la acompa&ntilde;ara y me qued&eacute; transcribiendo las anotaciones en la computadora. Y, cuando finalic&eacute; la tarea, me acord&eacute; de las piedras y aprovech&eacute; el descanso para observarlas de nuevo.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las piedras ocupaban varias divisiones del estante. Cada cajita conten&iacute;a de cuatro a seis unidades y estaban distribuidas de la primera hasta la &uacute;ltima columna. Deseaba descubrir un rasgo com&uacute;n entre ellas, establecer el criterio que las ordenaba en las divisiones y de esta manera colmar mi curiosidad respecto de la colecci&oacute;n. Pero no encontr&eacute; ninguna explicaci&oacute;n satisfactoria, percib&iacute; una constante transfiguraci&oacute;n de una a otra piedra y busqu&eacute; una posici&oacute;n m&aacute;s distante. Concentr&eacute; mi vista en cada bloque, asum&iacute; el punto de vista comparativo y not&eacute; cierta tendencia crom&aacute;tica de uno a otro bloque. Y tuve la sensaci&oacute;n de que por fin me estaba asomando a un mundo l&iacute;tico enigm&aacute;tico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Reinici&eacute; la tarea desde el principio de una manera m&aacute;s met&oacute;dica. En las primeras divisiones predominaban las piedras de color claro: blancos, celestes y verdes. Las observ&eacute; repetidas veces y comenc&eacute; a percibir ciertas figuras astron&oacute;micas: lunas, estrellas, constelaciones y &aacute;ngeles. Continu&eacute; con las siguientes columnas en las que  observaba nuevos rasgos: &aacute;rboles, monta&ntilde;as, lagunas y animales campestres. En las columnas intermedias predominaban el color plomo, amarillo, naranja y rojo que adquir&iacute;an ciertas figuras dom&eacute;sticas: casas, muebles, autom&oacute;viles y otras figuras irregulares que iban conformando un bestiario interesente. No eran im&aacute;genes precisas, depend&iacute;an m&aacute;s de mi voluntad contemplativa que de la forma &nbsp;externa de las mismas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estaba en las tres cuartas  partes del estante cuando lleg&oacute; Br&iacute;gida y se mostr&oacute; sorprendida con mi inter&eacute;s  por las piedras. Le confes&eacute; que me hab&iacute;an causado cierta curiosidad y volv&iacute; a la mesa. Ella no dijo nada. Simplemente se dej&oacute; caer en la silla contigua ligeramente preocupada, aspir&oacute; el poco de aire que ingresaba por las ventanas y cambiamos de tema. Le pregunt&eacute; si estaba bien y ella dijo que s&iacute;. Y optamos por hablar sobre el trabajo hasta que decidimos encontrarnos otro d&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; Te llamo-dijo.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Br&iacute;gida me gustaba bastante. Pero m&aacute;s que eso me llamaba la atenci&oacute;n su comportamiento. En la universidad cualquiera se daba cuenta que no hab&iacute;a muchas mujeres que alcanzaran su encanto, m&aacute;s de una la miraba con envidia a pesar de la indiferencia con que recib&iacute;a los elogios, y su aura enigm&aacute;tica atra&iacute;a indefectiblemente a los hombres. Sin embargo, no se le conoc&iacute;a ning&uacute;n pretendiente. Procur&eacute; varias veces llevar la conversaci&oacute;n al plano de las confesiones &iacute;ntimas, pero cambiaba de tema inmediatamente o corr&iacute;a a la cocina a traer m&aacute;s bocaditos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde luego, los meses que trabajamos juntos construimos una confianza bastante s&oacute;lida que me anim&oacute; varias veces a acercarme con uno u otro pretexto. Pero fueron avances inciertos, con muchos enigmas en el camino que prefer&iacute; no aventurarme m&aacute;s all&aacute; de algunos abrazos fraternales. Supongo que tambi&eacute;n sospechaba mi inter&eacute;s por ella, porque me aceptaba algunas frases de doble sentido con alegr&iacute;a, pero no me daba mayor apertura como para atreverme a enamorarla. Hab&iacute;a algo en su personalidad que me hac&iacute;a retroceder apenas intentaba intimarla.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin embargo, en una de las reuniones le pregunt&eacute; cu&aacute;ntas parejas hab&iacute;a tenido en su vida. Ella me mir&oacute; con terror y me arrepent&iacute; inmediatamente. Comprend&iacute; que los temas amorosos le incomodaban profundamente. Y le ped&iacute; que olvidara esa pregunta imprudente. Revisamos las primeras copias del nuevo art&iacute;culo, anotamos en silencio algunas observaciones en los m&aacute;rgenes y lament&eacute; en el alma que nadie disfrutara de tanta belleza.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab&iacute;a transcurrido aproximadamente dos a&ntilde;os y ocho meses de trabajo conjunto cuando me comunic&oacute; que acababa de solicitar una licencia a la universidad (no dio m&aacute;s detalles). Dijo que se alejar&iacute;a de la vida acad&eacute;mica por ciertos motivos personales. Recib&iacute; la noticia como un balde de agua fr&iacute;a y todas mis expectativas con ella se diluyeron. Me hab&iacute;a acostumbrado a su compa&ntilde;&iacute;a y no me imaginaba realizando nuevos trabajos individuales. Pero no le dije nada. Le agradec&iacute; por el tiempo compartido y lament&eacute; francamente que no pudi&eacute;ramos continuar con el trabajo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; Lo siento mucho- levant&oacute; los hombros y tom&oacute; su vaso de jugo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego me indic&oacute; que esperara y subi&oacute; a su dormitorio. Aprovech&eacute; ese instante para ver el resto de las piedras. En las siguientes columnas percib&iacute; que el matiz crom&aacute;tico variaba violentamente.  En las primeras, como hab&iacute;a observado anteriormente, predominaban los colores blancos, celestes y verdes que figuraban ciertas formas astron&oacute;micas, zool&oacute;gicas y topogr&aacute;ficas. En las columnas intermedias resaltaban los colores vivos (amarillo, rojo y naranja) que adquir&iacute;an figuras hogare&ntilde;as.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Complet&eacute; las columnas y me sorprendi&oacute; sobremanera que las &uacute;ltimas piedras tuvieran una apariencia m&aacute;s t&eacute;trica. Sobresal&iacute;an las negras, caf&eacute;s y moradas con formas verticales, breves orificios y ranuras l&oacute;bregas. Eso me extra&ntilde;&oacute; much&iacute;simo y comenc&eacute; a sospechar que me estaba introduciendo a un mundo habitado por signos que pretend&iacute;an revelarme alg&uacute;n universo secreto y me qued&eacute; pensativo frente al estante.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego vi a Br&iacute;gida que cargaba una  caja llena de revistas, tarjetas, artesan&iacute;as y una bola de cristal que simulaba la ca&iacute;da de nieve sobre una monta&ntilde;a. &ldquo;Es para ti&rdquo; me dijo con una rara afectaci&oacute;n que convirti&oacute; el momento en algo emotivo. Comprend&iacute; que nuestra relaci&oacute;n no era meramente acad&eacute;mica, exist&iacute;a un sentimiento compartido que perturbaba nuestras voces y nos quedamos abrazados bastante rato uniendo el latido de nuestros corazones. Luego nos despedimos como de costumbre, pero una alegr&iacute;a m&aacute;s plena inquietaba mi pecho y nos prometimos llamarnos en cualquier momento para hablar de cosas m&aacute;s personales.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; &iquest;Nos veremos pronto? &#8211; pregunt&eacute; al salir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; S&iacute;- movi&oacute; una mano en se&ntilde;al de despedida.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pasaron seis meses desde la &uacute;ltima visita y no tuve m&aacute;s noticias de ella. La pereza me venci&oacute; por varias semanas durante las cuales apenas le&iacute; uno que otro libro, pero luego recobr&eacute; la voluntad de trabajo y bosquej&eacute; nuevos proyectos de investigaci&oacute;n. Sin embargo, una ma&ntilde;ana que desarrollaba normalmente mi sesi&oacute;n de clase, sent&iacute; el vibrador de mi celular y verifiqu&eacute; el n&uacute;mero. Era una llamada de larga distancia y o&iacute; una voz desconocida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211; Soy la hermana de Br&iacute;gida &ndash;dijo la voz. &ndash; Ha fallecido ayer. Me pidi&oacute; que te llamara&hellip;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La noticia me caus&oacute; una fuerte impresi&oacute;n, como si de pronto se quebrara el cielo. Interrump&iacute; la sesi&oacute;n, expliqu&eacute; a los alumnos que acababa de recibir una noticia tr&aacute;gica y me dej&eacute; caer en la primera carpeta vac&iacute;a. Ellos asintieron con la cabeza, se pusieron de pie y abandonaron el sal&oacute;n. Mientras sent&iacute;a el peso de la muerte junto a mis o&iacute;dos, trat&eacute; de ordenar mis ideas y me sumerg&iacute; en una suma de tribulaciones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por la tarde me dirig&iacute; ante las autoridades universitarias, les comuniqu&eacute; sobre el fallecimiento de la colega y emprend&iacute; el viaje a la ciudad de Arequipa con todo el encargo institucional. Llegu&eacute; a la casa de su familia a la media noche y, cuando ingres&eacute; al velatorio, sus padres me recibieron con mucha deferencia. Sin embargo, ninguno de los presentes se atrevi&oacute; a referirme la causa de su muerte, apenas intercambiaron conmigo algunos pasajes de su vida y no pregunt&eacute; mayores detalles a nadie.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al d&iacute;a siguiente, culminado el cortejo, su madre me entreg&oacute; una carta. En ella, Br&iacute;gida me explicaba los detalles de su enfermedad, me agradec&iacute;a por la amistad compartida y me ped&iacute;a que, a mi retorno, recogiera un encargo de una amiga suya. Por la noche cog&iacute; el &uacute;ltimo &oacute;mnibus del Terminal Terrestre &nbsp;y me sent&iacute; el personaje Efra&iacute;n de la novela Mar&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En Puno me dirig&iacute; a la direcci&oacute;n indicada. Encontr&eacute; a su amiga que estaba esperando mi visita. En el sill&oacute;n de su habitaci&oacute;n, me revel&oacute; su gran amistad con Br&iacute;gida, se limpi&oacute; una que otra l&aacute;grima y me entreg&oacute; una caja de madera que pesaba un mont&oacute;n de kilos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No le pregunt&eacute; sobre el contenido. La llev&eacute; hasta mi casa y, cuando la destap&eacute; sobre la cama, encontr&eacute; en su interior todas las piedras. Estaban en sus respectivas cajitas, envueltas con cintas transparentes y, al ordenarlas en la misma disposici&oacute;n del estante, comprend&iacute; que cifraban las distintas ilusiones de mi colega que figuraron las piedras mientras la muerte iba recortando su vida.<br \/>\n(En: <em>D&iacute;as secretos<\/em>, pp 77-84)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La primera vez que estuve donde Br&iacute;gida no tom&eacute; mayor importancia a las piedras que descubr&iacute; en los estantes de su habitaci&oacute;n. 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