{"id":242,"date":"2011-12-14T15:42:48","date_gmt":"2011-12-14T15:42:48","guid":{"rendered":"http:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/?p=242"},"modified":"2011-12-16T16:12:08","modified_gmt":"2011-12-16T16:12:08","slug":"una-bicicleta-un-apache","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/2011\/12\/14\/una-bicicleta-un-apache\/","title":{"rendered":"UNA BICICLETA, UN APACHE"},"content":{"rendered":"<p align=\"right\"><strong><em>&quot;Golden slumbers fill your eyes&quot;<\/em><\/strong><br \/>\n<strong>(sue&ntilde;os dorados llenan tus ojos)<\/strong><br \/>\n<strong>The Beatles<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong><em>Para Orham Emilio,<\/em><\/strong><br \/>\n<strong><em>al fin a salvo de sus diez a&ntilde;os<\/em><\/strong><br \/>\n<strong><em>y del Jard&iacute;n de los Cerezos<\/em><\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; La navidad es esa bicicleta roja que vengo pedaleando-imaginando desde noviembre, y que es (por supuesto que m&aacute;s moderna) como la <em>Rizatto<\/em> de llantas blancas que tuvimos en la casa cerca del Puerto.<!--more--> Pedaleando-imaginando (una estela roja rasgada como una pincelada en el aire) llevo la nueva <em>Rizatto<\/em> al colegio por las veredas delgadas que encierran la nueva urbanizaci&oacute;n: un tri&aacute;ngulo perfecto de casas id&eacute;nticas y enfiladas, con techos de calamina a dos aguas y pintadas de rojo. A toda velocidad, pedaleando-imaginando en la nueva <em>Rizatto <\/em>(el tim&oacute;n son los pu&ntilde;os aferrados al aire) voy abriendo los primeros y mojados d&iacute;as de diciembre con los &uacute;ltimos ex&aacute;menes, y cortando la ma&ntilde;ana fr&iacute;a con chispas de lluvia como la mejor se&ntilde;al de la proximidad de las vacaciones. Pedaleando-imaginando a fondo, y dejando que pase ese otro ciclista contrario que es un pedazo de la ciudad en la ruta: el grifo de los Mart&iacute;nez, el largo muro bizarro de la estaci&oacute;n de trenes, la villa de los militares, el mercado como un barco varado, y la callecita adoquinada que sube al parque de los pinos redondos. Pedaleando, imaginando, pe-da-lean-do, mientras la respiraci&oacute;n se agolpa y se va haciendo pedacitos, y uno tiene que pedalear con mayor impulso. Apenas tres cuadras m&aacute;s: la peque&ntilde;a iglesia g&oacute;tica, la calle de las tiendas, y ese s&uacute;bito salto nervioso en el pecho: el examen de matem&aacute;ticas al doblar una esquina, el Apolo 11 y su gruesa cola de fuego rumbo a la luna, y los lentos mam&iacute;feros del &Aacute;frica del norte que casi puedo verlos volteando la &uacute;ltima calle al colegio. El saludo de Marcelo y&nbsp; Elka (dorada aparici&oacute;n que me muestra la lengua) bajando del invencible volkswagen verde de su padre, exactamente en el momento en que un barco de arboladuras quebradas se sacude contra una costa de una isla a medio mundo: &iquest;Magallanes? Bajar de la <em>Rizatto<\/em>, apoyarla contra el muro de la se&ntilde;ora que vende pastelitos y gelatinas en bolsa, abandonar mi entra&ntilde;able <em>Rizatto<\/em> hasta la hora bostezante de las dos de la tarde, mi invisible y roja <em>Rizatto<\/em> que s&oacute;lo conocen Marcelo y Elka, y que tan seguros como yo, imaginan que mi padre la va armando a escondidas en el cuarto de los v&iacute;veres de la casa.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mi padre es una gruesa corbata torcida, y mi madre un perfume agudo y flotante. Hace tiempo que los desayunos (&iquest;desde marzo? &iquest;desde abril?) ya no tienen ese ritmo de cucharitas delicadas y sonoras girando arm&oacute;nicamente, y&nbsp; hace tiempo tambi&eacute;n que mis padres evitan mirarse en la mesa como si estuvieran a orillas de una mesa que se alarga y alarga, hasta convertirlos en dos diminutos colores equidistantes que desaparecen. Apenas dejan sobre la mesa, junto a regadas migas de pan y un frasco de mermelada y una lata de caf&eacute;, los largos y brillantes cuchillos de sus palabras nocturnas. A doble filo y en un reposo aparentemente inofensivo (ahora la ma&ntilde;ana nublada intenta en vano reflejarse all&iacute;), est&aacute;n esas palabras que anoche se han estrellado contra las l&aacute;mparas de su cuarto, han abierto salvajemente las puertas de los roperos y los cajones del velador, y se han detenido para girar sorpresivamente y clavarse, con furia, en la puerta de su cuarto muy cerca del cerrojo a doble llave. Veo esas palabras, como veo las m&iacute;as, y veo esos cuchillos que poco a poco se contraen y se transforman en los dibujos del mantel: una inmensa naturaleza muerta de manzanas y peras que no terminan de caer en el precipicio de la mesa. Veo esas palabras que vuelan por la sala y el comedor, y buscan la caja de cubiertos en la cocina. Sobretodo en la cocina donde mis padres se cruzan como dos pasajeros en el intermedio de un vag&oacute;n estrecho (&eacute;l con una taza de caf&eacute; que rodea con toda la mano, ella con un tenedor en ristre) y dicen tan lejanamente, y como si cada uno hablara al refrigerador o a la licuadora: <em>&quot;Hay que pagar la luz&quot;<\/em> o <em>&quot;Lleg&oacute; el recibo del tel&eacute;fono&quot;.<\/em> Palabras como globos que quedan flotando en la cocina, que alcanzan el techo y vuelven a bajar, vac&iacute;as, sin peso. Me imagino que as&iacute; han sido mis palabras en el desayuno (una intrascendente exhalaci&oacute;n de aire, una simple respiraci&oacute;n) cuando les dije, muy n&iacute;tidamente: <em>&quot;Me gustar&iacute;a una bicicleta en navidad&quot;.<\/em> Quisiera saber si ellos tambi&eacute;n pueden ver mis palabras, y si las guardan como yo guardo las suyas debajo de la almohada. Despu&eacute;s de todo, cuando mi padre no es una gruesa corbata torcida, es un peri&oacute;dico abierto que le elimina el rostro, o cuando mi madre no es ese perfume agudo y flotante, son los pendientes que le est&aacute;n dando mucho trabajo coloc&aacute;rselos, y que siempre la muestran extraordinariamente de perfil. Lo cierto es que es muy probable que esta sea nuestra &uacute;ltima navidad juntos, porque cualquier d&iacute;a la casa se viene abajo, y primero se caer&aacute; el cuarto de mis padres, y lo &uacute;nico que quedar&aacute; de todo eso ser&aacute;n sus almohadas con la palabra de mi <em>Rizatto<\/em> impregnada como un bordado rojo.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pedaleando-imaginando. En las enormes revistas y diarios que trae mi padre, imagino que viene desarmada espl&eacute;ndidamente la nueva <em>Rizatto<\/em>. En la armon&iacute;a perfecta de sus partes, en las piezas que relucen con su brillo rojo, mi padre seguramente muestra una discreci&oacute;n desatenta como cuando se sienta a la mesa. Entra sigiloso al cuarto de los v&iacute;veres y all&iacute; se esconde y se demora. Imagino c&oacute;mo la nueva <em>Rizatto<\/em> se va armando detalle a detalle, meticulosa y maravillosamente en cada perno, en cada tuerca. Admiro la dedicaci&oacute;n parsimoniosa de mi padre en esa delicada tarea, y algunas veces (para no sorprenderlo trayendo una llanta o la barra del tim&oacute;n) me entrego distra&iacute;do a las enormes revistas de papel brillante con fotograf&iacute;as a doble p&aacute;gina: un astronauta en el espacio atado a un cord&oacute;n y al fondo, flotando en la nada, una inmensa luna bombardeada; un soldado en el aire saltando de un helic&oacute;ptero a una selva abigarrada; un grupo de barbudos en una isla con sus fusiles en alto sobre un tanque rodeado por una multitud que vitorea; un grupo de m&uacute;sicos de cabellos alborotados&nbsp; huyendo de un grupo de ni&ntilde;as adolescentes en un aeropuerto; un inmenso y ondulado desierto rojo con una fila de diminutos camellos contra el atardecer; una ciudad de edificios creciendo hacia el cielo y de ventanas espejadas donde se repiten los mismos edificios. Imagino esos destinos, esas rutas con la nueva <em>Rizatto<\/em>. Pedaleando-imaginando: Marcelo, Elka y yo en nuestras bicicletas siguiendo la ruta de las revistas (Elka va todas las tardes a la estaci&oacute;n de trenes a ver pasar el monumental y pausado tren de carga, porque est&aacute; segura que en uno de esos vagones viene su bicicleta). Pedaleando-imaginando por la serpenteante cinta de asfalto que rodea el lago: pueblos de casitas de barro bajo la sombra de los eucaliptos, senderos de hierba que conducen a viejas iglesias derrumbadas en su minuciosa belleza, antiguos poblados donde los ichus y las piedras impecables hablan con un silencio que deja un viento que nos chicotea la cara. Pedaleando- imaginando, las bicicletas derribadas en la orilla de un lago que se extrav&iacute;a en el cielo, los pies descalzos en esa mansa orilla helada que arrastra un verde ligero de algas. Una naranja compartida y el regreso en el centro de una cortina de lluvia: abanicos de agua en las llantas traseras, la ciudad con charcos como espejos donde pasan otras nubes, otros cielos, y que yo despedazo con la nueva <em>Rizatto <\/em>pedaleando-imaginando hasta el fin del mundo: la nueva urbanizaci&oacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; La navidad son los desorientados reba&ntilde;os de ovejas de arcilla trepando los cerros de papel de az&uacute;car, el diminuto cipr&eacute;s natural arrancado del peque&ntilde;o bosque del colegio, y sus ramas marchitadas que apenas sostienen los falsos regalitos colgados en cajitas de f&oacute;sforos envueltos con papel de regalo. En las lucecitas de colores que parpadean alrededor del &aacute;rbol como un alambre de p&uacute;as colorido, en esos breves y pausados gui&ntilde;os de luz, veo las siluetas de mi padre y mi madre recortadas en movimientos l&aacute;nguidos por la sala: &iquest;dos fantasmas?. Y entre las ligeras sombras que aparecen y desaparecen, una estrella de cart&oacute;n con polvo dorado gira meditativamente colgada del techo, y en una diminuta casa con techo de paja y una falsa nieve, Jos&eacute; y Mar&iacute;a miran imperturbables a un ni&ntilde;o Jes&uacute;s con los brazos abiertos y la cara cubierta de algod&oacute;n, mientras un villancico camina de puntitas por la alfombra de la sala. Sin ninguna sorpresa, la medianoche es cortada por un reguero salpicado de fren&eacute;ticos cohetillos que me acercan a la ventana: Marcelo y Elka en sus nuevas bicicletas, todav&iacute;a envueltas con el papel de embalaje trazando el tri&aacute;ngulo de la urbanizaci&oacute;n. La ansiedad es una multitud de luces enconadas que me apuntan en el centro de la sala, esperando que mi padre me entregue la nueva <em>Rizatto<\/em>. Bajo las renovadas luces encendidas (mi padre es de nuevo una gruesa corbata torcida, y mi madre un perfume agudo y flotante) alcanzo a rozar una mano, una tibieza remota, una piel lejana en la memoria, que me entrega una caja del tama&ntilde;o de las camisas de mi padre. &iquest;Una bicicleta en una caja de camisas? &iquest;La nueva <em>Rizatto<\/em> roja en una caja de camisas? El asombro, una especie de p&aacute;nico contenido, el temblor. Libero la cinta atada en cruz: un mudo estallido rojo y verde, y entonces primero la pluma erguida en la vincha, luego el chaleco y los pantalones afranelados, los colores terrosos y la larga lluvia de flecos: un inconfundible traje de apache. El traje de apache que parece un pijama con flecos. Una sensaci&oacute;n desorientada: la imaginaria flecha de apache sin rumbo, sin blanco. El silbido de Marcelo, los llamados de Elka, esperando que aparezca&nbsp; con mi nueva <em>Rizatto<\/em> roja, para explorar m&aacute;s all&aacute; de las &uacute;ltimas casas de la urbanizaci&oacute;n, m&aacute;s all&aacute; de ese perfecto tri&aacute;ngulo&nbsp; donde se abren los cerros de casitas de barro desperdigadas, y donde se levanta una costra de roca blanca con un manantial de agua mineral: el <em>Cerrito Rajado<\/em> en el nuevo rumbo prometido de la nueva <em>Rizatto,<\/em> junto a las bicicletas nuevas de Marcelo y Elka.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; Conozco el rastro y las huellas que dejan los animales y&nbsp; puedo leer los signos del cielo de d&iacute;a y de noche. Tengo una danza que provoca lluvias sorpresivas y un canto que atrae a las abejas. Soy un Apache en los d&iacute;as de vacaciones en lo m&aacute;s alto del <em>Cerrito Rajado<\/em>: mi territorio conquistado antes de las tres de la tarde. Marcelo (un chaleco de vaquero y un sombrero negro que parece un murci&eacute;lago y pistolas plateadas) y Elka (un estridente pa&ntilde;ol&oacute;n p&uacute;rpura con un rifle y una fila de balas en bandolera) est&aacute;n abajo, cerca de los peque&ntilde;os &aacute;rboles enredados de kantutas, y son due&ntilde;os del ojo de agua mineral. Pienso, como todas las tardes,&nbsp; en una celada para evitar que los dos se separen para rodear el <em>Cerrito Rajado<\/em>&nbsp; y atraparme. Pero como siempre (tambi&eacute;n como todas las tardes), prefiero quedarme echado tratando de mirar directamente el sol antes de que sea cubierto por densas nubes de lluvia, hasta sentir que mis ojos ya no resisten y s&oacute;lo me queda un resplandor naranja cuando los cierro: (uno muere y su esp&iacute;ritu se convierte en un p&aacute;jaro que vuela lentamente hacia el sol, pero imagino que debe ser extraordinario hacer ese viaje en una bicicleta roja pedaleando-imaginando). Vuelvo a mirar hacia abajo, y es seguro que Marcelo y Elka han rodeado el <em>Cerrito Rajado<\/em>: una vez m&aacute;s no tengo la voluntad de escapatoria. Mientras espero que aparezcan con una resignaci&oacute;n apacible, reviso las hendiduras puntiagudas del <em>Cerrito Rajado<\/em> y encuentro diminutos f&oacute;siles de caracoles de agua. &iquest;Es posible que el lago estuviera hasta aqu&iacute;? Vuelvo a cerrar los ojos e imagino el n&uacute;mero m&aacute;s largo de a&ntilde;os, y pienso que esa debe ser la edad que tienen los diminutos caracoles. Guardo algunos en mi bolsillo secreto del chaleco de apache, mientras imagino que en el preciso momento en que aparezcan Marcelo y Elka, tambi&eacute;n aparecer&aacute;n en el p&aacute;lido horizonte la fila de apaches que vendr&aacute;n a rescatarme. Levanto la cabeza para ubicarlos: la pluma apuntando al sol adormecido, y el esperado y vocal disparo de Marcelo en el costado del pecho, seguido inmediatamente del disparo de Elka por la espalda. Me dejo caer al suelo, pero imagino que estoy cayendo desde la altura enconada del <em>Cerrito Rajado<\/em>: una mancha marr&oacute;n girando en el aire, la pluma solitaria, suspendida en su balanceo. Estoy cayendo muerto otra vez a las tres en punto, como todas las tardes de las vacaciones, porque los apaches (eso dice Marcelo) siempre tienen que morir. Y mientras regresamos a la urbanizaci&oacute;n (el que llega &uacute;ltimo es una rana) por los sembr&iacute;os de abiertas y abigarradas flores violetas, todo parece de pronto haber envejecido: los techos rojos deste&ntilde;idos de las casas, las paredes con pergaminos de pintura descascarada, y los jardines donde se desbordan el c&eacute;sped y las hierbas enmara&ntilde;adas. Un aire pesado y fr&iacute;o envuelve mi casa vac&iacute;a en su abandono, en el desorden y el polvo por todas partes, y la sensaci&oacute;n ausente como alguien invisible que trajina por la sala y el comedor. La puerta del cuarto de v&iacute;veres ligeramente entreabierta: apenas una l&iacute;nea donde alcanzo a ver, envuelto en la oxidada luz de la tarde, a mi padre sentado en la silla con todo el cuerpo doblado hacia adelante. &iquest;Est&aacute; llorando? &iquest;Qu&eacute; tiene en una de las manos?. Pienso en una marioneta a qui&eacute;n le han cortado los hilos. Por primera vez observo desanudada la corbata gruesa y torcida, mientras de alguna parte parece surgir un lejan&iacute;simo perfume agudo y flotante. Contengo la respiraci&oacute;n, y como si estuviera sin zapatillas, subo las escaleras infinitas hacia mi cuarto, pensando en que ma&ntilde;ana volveremos al <em>Cerrito Rajado<\/em> con Marcelo y Elka, y que volver&eacute; a esperar reiteradamente ese disparo puntual a las tres de la tarde hasta el fin de las vacaciones, para imaginar que mi alma convertida en p&aacute;jaro una vez m&aacute;s est&aacute; volando, o pedaleando-imaginando en una bicicleta roja, directamente hacia el sol.<\/p>\n<p>Arequipa, Noviembre 2011<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&quot;Golden slumbers fill your eyes&quot; (sue&ntilde;os dorados llenan tus ojos) The Beatles &nbsp; Para Orham Emilio, al fin a salvo de sus diez a&ntilde;os y del Jard&iacute;n de los Cerezos &nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp; La navidad es esa bicicleta roja que vengo pedaleando-imaginando desde noviembre, y que es (por supuesto que m&aacute;s moderna) como la Rizatto de [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":18,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[23,25],"tags":[],"class_list":["post-242","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-creacion-literaria","category-elard-serruto"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/242","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/18"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=242"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/242\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":253,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/242\/revisions\/253"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=242"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=242"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=242"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}