{"id":278,"date":"2013-09-29T23:48:09","date_gmt":"2013-09-29T23:48:09","guid":{"rendered":"http:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/?p=278"},"modified":"2013-09-29T23:48:09","modified_gmt":"2013-09-29T23:48:09","slug":"regreso-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/casadelcorregidor.pe\/blog\/2013\/09\/29\/regreso-2\/","title":{"rendered":"REGRESO"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor observa el campo desde una ventanilla del peque\u00f1o bus que va al sur. El campo a\u00fan est\u00e1 verde a pesar de ser finales de mayo,\u00a0inicio de heladas. <br \/>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<!--more--><br \/>\nAl abordar el microb\u00fas en Ilave, se pregunt\u00f3 si todo seguir\u00eda igual por aqu\u00ed. Ilave es el primer pueblo grande, si se cuenta de norte a sur, de la ruta entre Puno y la frontera del pa\u00eds. Y es, el punto al que llegan los buses de Tacna, la costa sur del Per\u00fa. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ilave parec\u00eda el mismo, al menos se ve\u00eda as\u00ed desde la periferia, desde el grifo a las afueras del pueblo, varios metros\u00a0antes del largo puente de hierro pintado de naranja. \u00bfEl mismo perfil? S\u00ed. Seguro que habr\u00eda en el interior construcciones recientes, fachadas nuevas. Pero, se ve\u00eda igual, como lo hab\u00eda dejado hace a\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La \u00faltima vez que Nicanor volvi\u00f3 por estos pueblos debi\u00f3 ser hace una d\u00e9cada, no lo recordaba con exactitud. El mes era setiembre sin duda. Un ahijado suyo pasaba la fiesta de las Mercedes y \u00e9l lleg\u00f3 a Zepita, un pueblo m\u00e1s al sur, con dos bidones enormes de vino de las chacras de Moquegua para el festejo. Era tradici\u00f3n el volver todos los setiembres para la fiesta de la Virgen. Sin embargo, esta vez, el motivo de su vuelta era otro: la madre. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hortensia, la hermana menor, le hab\u00eda comunicado personalmente en Tacna antes de abordar un bus, que mam\u00e1 estaba mal, y que probablemente hab\u00eda que esperar lo peor. \u00c9l se preocup\u00f3, dijo que viajar\u00eda en dos d\u00edas y as\u00ed lo hizo. Ahora, sentado en un asiento junto a la ventanilla, despu\u00e9s de toda una noche de viaje, buscaba deshacerse de ideas y pensamientos obscuros observando el campo. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El trayecto, mientras el microb\u00fas corr\u00eda sobre la pista, le revelaba que todo estaba intacto. Los campos enormes y los cerros segu\u00edan siendo los mismos, despu\u00e9s de Ilave, despu\u00e9s de Juli, de Pomata, antes de Zepita. Incluso el fr\u00edo crudo era el mismo. Se pregunt\u00f3: \u00ab\u00bfQu\u00e9 le dir\u00edan en el pueblo los viejos conocidos sobre mam\u00e1? \u00bfQu\u00e9 estar\u00edan comentando del hecho?\u00bb. Se estremeci\u00f3. Por estos pueblos, la sanci\u00f3n social es una costumbre acentuada, e ineludible. Para evitar esa impresi\u00f3n negativa, empez\u00f3 a hacer un recuento mental de su equipaje. \u00bfHab\u00eda trasladado todo del \u00f3mnibus enorme que lo hizo arribar a Ilave, al peque\u00f1o bus blanco en el que viajaba ahora? El recurso no le dio resultado, lo asalt\u00f3 una vez m\u00e1s el temor de las habladur\u00edas lapidarias, y m\u00e1s el temor de una mala noticia. Imaginaba que la mujer, su madre, estar\u00eda demasiado vieja, ahora le era f\u00e1cil concluir cu\u00e1nto.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor tiene cincuenta y cuatro a\u00f1os, los primeros veinticuatro los hab\u00eda vivido junto a la madre, las hermanas y los hermanos, en la enorme casa familiar del pueblo. Luego de ese tiempo se mud\u00f3 a Tacna. Fue el \u00faltimo de los varones en irse. Ven\u00eda a visitar a mam\u00e1 espor\u00e1dicamente: dos o tres veces al a\u00f1o, incluido los meses de setiembre, hasta que se cas\u00f3 a los veintiocho. Despu\u00e9s, casi nunca vino, apenas para un par de carnavales\u00a0 y una que otra vez para las fiestas de la Virgen en setiembre, en los \u00faltimos veinte a\u00f1os. La primera vez que lleg\u00f3 al pueblo luego de casado fue despu\u00e9s de mucho tiempo. Lleg\u00f3 con la mujer y los hijos ya crecidos. Era el primer carnaval en tantos a\u00f1os, y el primer encuentro con toda la familia: mam\u00e1, los hermanos, las hermanas, los cu\u00f1ados, cu\u00f1adas, los hijos, los sobrinos&#8230; La casa estaba llena y alegre por primera vez en tanto tiempo, en los patios hab\u00eda bulla y gritos de contento. Ahora sus hijos ten\u00edan peque\u00f1os. Ahora era abuelo. Entonces, era de imaginar que la madre estuviese demasiado anciana, concluy\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor se deshizo de todo eso una vez m\u00e1s y observ\u00f3 que dejaban Pomata. En realidad para \u00e9l el pueblo terminaba al pasar el islote a varios metros lago adentro, a la izquierda de la pista. El islote era un cerro empinado alto, con la cima plana que siempre lo imaginaba como un campo de f\u00fatbol perfecto, de tono marr\u00f3n, acaso con algunos guijarros desperdigados, \u00bfc\u00f3mo saberlo? Su forma le recordaba la infancia, a las tortas de lodo que las hermanas preparaban empleando como moldes peque\u00f1as tasas de juguete en formas de cono truncado. Una vez m\u00e1s le vino la certeza de que nada hab\u00eda cambiado luego de tantos a\u00f1os: el fr\u00edo, los pueblos, la gente, el cielo. Los campos a derecha e izquierda de la pista, por ejemplo, sembrados de icho amarillo, con algunos claros verdes como parches, con ovejas, vacas y llamas en ellos, todo bajo el cielo azul, limpio, eran los mismos. Tambi\u00e9n, los muritos de piedras blancas que cercan espacios imperfectos, serpenteando como gusanos lechosos marcando los linderos, segu\u00edan all\u00ed. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s de Pomata no ven\u00eda nada m\u00e1s, s\u00f3lo Zepita, y a unos pocos kil\u00f3metros m\u00e1s all\u00e1, Desaguadero, la l\u00ednea de frontera, y luego, el pa\u00eds vecino. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El microb\u00fas aceler\u00f3 a fondo despu\u00e9s de dejar el islote, y sigui\u00f3 avanzando a toda velocidad en la ma\u00f1ana que todav\u00eda no acababa de madurar del todo. Nicanor aguardaba con disimulada impaciencia, incluso inc\u00f3modo, a que el veh\u00edculo llegara a aquel lugar que en otras ocasiones ansiaba tanto, su pueblo natal. Ese lugar que quedaba despu\u00e9s de trozos de geograf\u00eda de nombres singulares, como Anu Pensi\u00f3n, Riba Patacollo, o, cualquier otra cosa parecida, pero sin duda, despu\u00e9s de Chuach\u00faa. Por estas regiones cualquier espacio geogr\u00e1fico tiene un nombre particular, piensa. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor recordaba con intensa nostalgia, aparte de su pueblo natal, un paisaje que le habr\u00eda gustado conservar en un cuadro, al cual sol\u00eda referirse, en los relatos a la mujer coste\u00f1a y despu\u00e9s a los hijos y posteriormente a los nietos, como la<em> estancia<\/em>. Lo recordaba en tono azul, en el azul de la ma\u00f1ana y el marr\u00f3n obscuro de la ligera inclinaci\u00f3n terrosa, al lado oeste de la pista.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En esa pendiente de tierra obscura, yac\u00eda la peque\u00f1a capilla de adobe con techo de paja y dos campanarios mirando al sur. (Ten\u00eda el cuadro en la mente). En la parte anterior de la edificaci\u00f3n religiosa hab\u00eda un enorme cuadrado marcado con hileras de piedra, seguro la plaza; y, m\u00e1s all\u00e1 en la explanada, hacia el oeste, hasta el fondo lejano que termina en una hilera de cerros azulados, est\u00e1n las casitas de adobe con techos de paja, desperdigadas, a veces formando grupos de dos o tres cuerpecitos marrones a distancia considerable de otros grupos o alguna casa solitaria. Todas tienen corralitos de piedra y ojos de buey casi imperceptibles. Las casas del fondo, las m\u00e1s lejanas, se ven diminutas como juguetes de barro. A Nicanor le gustaba ver todo aquello, preferentemente muy de ma\u00f1ana, unos minutos despu\u00e9s que apareciera el sol, cuando todo era m\u00e1s azul y las casitas, por sus chimeneas r\u00fasticas de latas de alcohol en medio de los techos de paja de doble agua, junto a posibles veletas de gallos oxidados, exhalaban un humito blancuzco al fr\u00edo de la ma\u00f1ana, haciendo entrever que se estaba preparando el desayuno del d\u00eda, a le\u00f1a en los fogones de arcilla quemada. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando aquel paisaje apareci\u00f3 ante sus ojos, en este su regreso, una sensaci\u00f3n de ni\u00f1o lo invadi\u00f3 por completo; excitado, cambi\u00f3 de flanco raudamente hacia las ventanillas del otro lado del microb\u00fas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00ed, estaba igual, en efecto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A esta hora, casi media ma\u00f1ana, el sol empieza a calentar la atm\u00f3sfera con fuerza y hace parecer al aire pesado y corp\u00f3reo en todo el lugar, desde la leve pendiente de tierra h\u00fameda con la capilla de adobe de techo estropeado, hasta los cerros azulados al fondo. La se\u00f1ora del cabello ondulado a un asiento atr\u00e1s, lo saca de su deleitosa observaci\u00f3n. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-Se\u00f1or, \u00bfusted va a La Paz?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor queda perplejo por un segundo, le cost\u00f3 salir del paisaje, tard\u00f3 en responder.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-No, voy a Zepita\u2026 Mi madre est\u00e1 enferma all\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;-\u00a1Oh!, lo siento. Ser\u00eda mejor que la trasladara a la ciudad. En la ciudad hay buenos m\u00e9dicos, a La Paz estar\u00eda bien. En un pueblo no, no hay buenos m\u00e9dicos&#8230; la-gente-muere. Yo voy a Desaguadero, vivo all\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor asinti\u00f3 sonriendo amable, y se volvi\u00f3 disimuladamente para no perder de vista lo \u00faltimo del lugar que desaparecer\u00eda por la curva que el bus ya empezaba a hacer. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora s\u00ed, vendr\u00eda Zepita. Unas curvas m\u00e1s, luego una suave pendiente y un codo hacia su diestra y por fin, la l\u00ednea derecha del asfalto que lo har\u00eda llegar al pueblo en menos media hora. La idea lo estremeci\u00f3, y enseguida, una infinidad de sensaciones recorrieron su cuerpo centraliz\u00e1ndose en el est\u00f3mago. Y, una serie de recuerdos e im\u00e1genes ven\u00edan a su mente. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Diez minutos despu\u00e9s de la \u00faltima curva, una vez en la pista recta que atraviesa el llano, Nicanor divis\u00f3 por fin el pueblo, a\u00fan lejos. Su coraz\u00f3n dio un salto. Descubri\u00f3 que el perfil de aquel lugar segu\u00eda siendo el mismo, con las casas de techos de zinc apelotonadas en una sola masa. Unos minutos m\u00e1s cerca, el edificio familiar de la iglesia de San Sebasti\u00e1n, pintado de blanco, ofrec\u00eda en pleno su flanco derecho con el campanario trunco de piedra roja. <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El pueblo se ve\u00eda tranquilo reposando en la mansedumbre azul de las nueve treinta de la ma\u00f1ana.\u00a0 <br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor conoce bien los alrededores de la iglesia, cada contrafuerte simple de este lado derecho ahora visible en detalle desde el bus, y los otros, del otro lado, altos como gradas colosales, a las que siempre quiso subir de ni\u00f1o. La campana verdosa, enorme, descansa sobre el pisito del campanario, inclinada ligeramente hacia afuera. Nicanor, sus hermanos: Francisco, Tom\u00e1s y los otros chicos del pueblo, se manten\u00edan a prudente distancia mientras mataban pajarillos, temiendo que la masa verdosa, met\u00e1lica, cayera de la parte alta de la torre de piedra que llegaba a las nubes, visto con los ojos de su ni\u00f1ez l\u00edmpida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El pueblo es tranquilo, pac\u00edfico, apenas la fiesta de la Virgen de las Mercedes, los carnavales y su aniversario, lograban sacudirlo un poco de su letargo. Los \u00fanicos signos de alboroto en sus calles, en todo el a\u00f1o, ocurren cuando la escuela al norte del pueblo, deja escapar a los chiquillos a la hora de salida, manchando de uniformes plomos y cuellos blancos la calle principal que entra en el medio de la plaza por ese lado; y, las ferias de los domingos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El bus blanco, peque\u00f1o, acababa de detenerse del todo frente a la plazoleta del General Santa Cruz, en el punto donde se bifurca la pista asfaltada hacia el noreste. Hacia el lado del pueblo, una construcci\u00f3n nueva, sin concluir, se alza moderna. Un enorme cartel dice: <em>Mercado del Pueblo<\/em>.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor baja del bus con una maleta estupenda, tres bolsas grandes de pl\u00e1stico, llenas, y el saco en la mano. Toma la calle de siempre en esa zona, en la siguiente esquina dar\u00e1 vuelta. A la derecha, a media cuadra, empieza la casa de la madre. Las callecitas siguen siendo a\u00fan de tierra, piensa. Da la vuelta turbado, inquieto. Reconoce la fachada familiar de adobe. El port\u00f3n viejo, de madera casi desecha, est\u00e1 abierto. Entra en la casa. El primer patio es una postal vieja que le trae recuerdos instant\u00e1neos. Atraviesa parte de ese espacio hasta el callej\u00f3n a cielo abierto que conduce al segundo patio, en el lado sur de la casa familiar. Entra en \u00e9l, lo primero que ve es el pil\u00f3n decr\u00e9pito de costumbre, sostenido por las mismas piedras redondas de toda la vida. Rodeando al patio enorme est\u00e1n los cuartos de adobe. En la puerta abierta de la pieza de la madre, reconoce a Hortensia. La hermana sentada en el umbral gimotea; su rostro viejo, cansado, se vuelve hacia Nicanor, revel\u00e1ndole que la madre ha muerto, inevitablemente. <\/p>\n<p><em>Cuento publicado en el libro \u201cBajo la lluvia\u201d (2009).<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nicanor observa el campo desde una ventanilla del peque\u00f1o bus que va al sur. 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